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August 14, 2022
Me parece que escribo por una creencia muy profunda de inmortalidad. Si lo pienso, debe ser lo que hace la mayoría de los artistas.
Si lo que pienso queda en mi, morirá conmigo. Si lo escribo y es leído por alguien más, esa parte de mi vivirá en esa persona. Cuando esa persona escriba, podrá tener alguna influencia por haberme leído, entonces esa parte de mi seguirá propagándose diluída. Es lo único que tengo que me interesa que viva por siempre.
Se rompe cuando trato de controlarlo. Digo algo, veo que no lo entendieron bien, lo cambio para que me entiendan, me enojo con quien no lo entiende. O trato de seguir a quien creo que sí lo entendió, para ver que no lo tuerza, me decepciono ante cualquier sospecha, trato de corregir lo que esté mal, y la otra persona entendiblemente se aburre y lo deja.
Siempre admiré del artista que puede dar su obra e irse. No necesita quedarse a ver qué le responden. Hay un ida y vuelta con todo público, pero no la necesidad de controlar. El artista cierra los ojos y sonríe, está en su mundo, es feliz por exponerse, lo demás es secundario. Por eso no pude ser artista. Todo mi esfuerzo se va en verme desde los ojos del resto. Todo mi trabajo está en tratar de que los demás reciban lo que yo quiero que reciban.
Siempre se confundió con inseguridad, cualquiera leería el último párrafo suelto y así me diagnosticarían. Pero es control. Control sobre cómo me ven o me leen o me oyen los demás. Porque estoy convencido de que ese que se llevan soy yo mucho más de lo que soy yo el que está acá. Y no quiero ser ese. Sobre todo no quiero ser ese para toda la eternidad.
Que fantasma aburrido dejo.